Lo que arde

Este artículo fue tomado directamente del periódico La Nación, publicado el día 8 de enero. Puede acceder al artículo en el siguiente link.

 

Scott Morrison, Jair Bolsonaro y Donald Trump son el Julio César del 48 a. C. reencarnado.

Jurgen Ureña. 8 enero, 2020.

Cuenta el dramaturgo Bernard Shaw, en su obra César y Cleopatra (1899), que en el año 48 antes de Cristo, en medio de una errática maniobra bélica, los soldados romanos incendiaron la Biblioteca de Alejandría.

Un hombre llamado Teodoto llegó entonces hasta el emperador para pedirle que sus legiones extinguieran el fuego que habían provocado. “¡César —le dijo—, está ardiendo la memoria de la humanidad!”. Viejo y desencantado, harto de glorias y traiciones, Julio César exclamó desde la cima de sus 54 años: “Déjala que arda, es una memoria de infamias”.

El episodio que recrea Shaw sobre la destrucción de cientos de miles de libros invaluables se recuerda con frecuencia como una de las peores tragedias culturales de nuestra historia. Algunos cronistas afirman que la Biblioteca de Alejandría fue reconstruida poco tiempo después y que su destrucción definitiva ocurrió en el siglo III de nuestra era. Otros extienden considerablemente su vida y afirman que fue destruida en el siglo VII por el califa Omar.

¿Qué perdimos en el incendio de la Biblioteca de Alejandría? ¿Por qué nos interesa hoy ese suceso? El fuego de Alejandría adquiere una vigencia significativa en relación con los miles de incendios que arrasan los bosques de Australia desde setiembre del año pasado. Se calcula que, hasta hoy, se han quemado más de 6 millones de hectáreas —una extensión mayor que la de Costa Rica— y han muerto cerca de 500 millones de animales. Las cifras son extremas y estremecedoras.

La tragedia de Alejandría puede homologarse a la de Australia mediante una sencilla operación que consiste en imaginar un libro en combustión en lugar de cada árbol que arde y una biblioteca en llamas en lugar de cada bosque incendiado. Una vez llegados a ese punto, es posible visualizar catedrales, farmacias, museos y escuelas al lado de las bibliotecas en llamas. Así, entendemos de golpe que la tragedia ecológica de nuestros días es también una tragedia cultural. Ahora, solo es necesario detenerse un poco en el contexto y los detalles.

La vida secreta de los árboles. Los incendios forestales son frecuentes durante el verano en Australia y tienen una causa principal: un fenómeno que los meteorólogos conocen como el dipolo del océano Índico. Sin embargo, durante los últimos años, los efectos del dipolo han empeorado significativamente debido al cambio climático. Por ejemplo, en algunas zonas del país han desaparecido poco a poco las lluvias, facilitando que los incendios avancen a toda velocidad y devoren amplias extensiones de terreno.

Australia es uno de los máximos exportadores mundiales de combustibles fósiles y uno de los mayores emisores de gases de efecto invernadero per cápita del mundo. El primer ministro australiano, Scott Morrison, se ha convertido en el principal blanco de las críticas de muchos de sus ciudadanos debido a sus declaraciones negacionistas del cambio climático y a su pobre política ambiental.

Una política ambiental básica entiende que somos parte de la naturaleza y que no podríamos sobrevivir al margen de ella. Como afirma el español Joaquín Costa, en su libro El arbolado y la patria (1912), a los árboles se lo debemos todo, de principio a fin: “Al nacer, nos reciben cual madre cariñosa en las cuatro tablas de una cuna; al morir, nos recogen cual clemente divinidad en las cuatro tablas de un ataúd”.

Bernard Shaw imaginó a un emperador soberbio e ignorante, que no se inmuta ante el fuego que consume el patrimonio cultural de su tiempo. En ese gesto imaginativo, anticipó a los líderes más nocivos del presente, cuya prepotencia frente a la crisis climática se mide en hectáreas arrasadas por el fuego: más de 6 millones en Australia, hoy; 900.000 en la Amazonia brasileña y 800.000 en California, Estados Unidos, en el 2019.

Lo que arde en los bosques de esa isla continente que llamamos Australia es la cultura, el conocimiento, la ciencia, el patrimonio y la educación. No necesitamos solamente más bomberos y guardabosques, más hachas, mangueras y camiones cisterna para enfrentar la tragedia. Necesitamos, además, y ante todo, líderes que sepan leer un libro, un árbol, un bosque y un ecosistema. De eso depende nuestra supervivencia.